Nuestras vidas no son minables

Hace ya más de una década que el gobierno mexicano decidió añadirnos al conjunto de países que, bajo un nuevo orden económico y político-ideológico, sostendrían los precios internacionales de las materias primas y los bienes primarios de consumo que exigen los países centrales y emergentes (como China). Esta anexión forzosa ha estado al resguardo de nuevos modelos extractivistas que generan ventajas comparativas para las corporaciones, palpables en su crecimiento económico, pero que para nosotros representa una cada vez más creciente asimetría y conflictos sociales en diferentes regiones de nuestro país.

La implantación del modelo nos es cada vez más visible, y a la par de otras cuestiones en la afrenta mexicana, nos parece cada vez más familiar: maquiladoras con salarios miserables, megaproyectos energéticos, fracking, minas a cielo abierto, entre otras cosas.

Al amparo de las ideas colonialistas, así como cuando los esclavos traídos de África obtuvieron su libertad y se volvieron tontos y flojos, las poblaciones de nuestros países (refiriéndome principal pero no exclusivamente a América Latina) que se oponen a este tipo de proyectos son catalogadas como perdedoras que no quieren subirse al tren del progreso, siendo ignorada la historia que enmarca nuestra pertenencia a una zona y nuestra identidad. Esta postura es tomada tanto por gobiernos de izquierda (donde el Estado se coloca aún como una especie de mediador) como por los que siguen las recetas neoliberales. Lamentablemente en México el gobierno no representa realmente ninguna función mediadora o proteccionista más que para las coporaciones, quienes al realizar una inversión en capital tan fuerte exigen seguros para dichas inversiones.

Es precisamente este conflicto lo que está ahora generando una nuevo ciclo de luchas, que se centra principalmente en la defensa del territorio y de los recursos naturales, que en muchos casos son pilares de las cosmogonías locales y el sustento de diversos pueblos y que es un punto ciego para los gobiernos. Se puede sentir una nueva configuración en la organización de las luchas, quienes cada vez encuentran más acompañamiento en la lucha indígena y campesina dada la urgencia de un pensamiento ambiental que rechace dichos proyectos. Ambos grupos han sido históricamente despreciados precisamente por ser los más acérrimos ecoactivistas.
Así en México podemos encontrar el acoso tanto de grupos paramilitares como de las mismas autoridades hacia poblaciones indígenas y campesinas que se han opuesto a diversos proyectos, siguiendo una receta que consiste en crear un clima de inseguridad primero para así posteriormente establecer cercos militares y policiacos lo cuál crea un clima hostil para la protesta social: el abono de los depojos territoriales.

Ixtepec se está ahora enfrentando al gran desafío de permanecer vivo y para ello precisa del involucramiento de toda la población así como de la unión con todos los otros poblados que serían afectados si el proyecto minero continuase. La desinformación se está plantando como el primer obstáculo a vencer al cuál se seguiría probablemente la motivación a la acción. Es por eso que invitamos a todos a que participen en las acciones creadas por el Comité de Defensa y que serán anunciadas en los portales y que por supuesto apoyen con su firma de rechazo al proyecto tanto con las personas que recolectan las firmas así como con una firma electrónica en el portal change.org.

¡Sin oro y plata se vive, pero sin agua no!

¡No a la mina en Ixtepec!

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